En una ocasión un jefe me dijo que yo era muy orgullosa y yo le corregí: “No es orgullo, es dignidad”. La diferencia entre una cosa y otra es que la dignidad, es decir la estimación propia, es un valor que, los que se consideran superiores, siempre verán en los demás como arrogancia.
Bermejo me producía como ministro una dualidad enfrentada de sentimientos; por una parte, admiraba su valentía y por otro lado me irritaba su ausencia de formas.
Cuando uno no tiene pelos en la lengua corre el grave riesgo del que me advertía mi abuela: “o que ten a lingua aguda, ten a costilla dura”; es cierto que su lengua aguda le proporcionó duros varapalos en sus correosas costillas y en un político eso no es buena cosa. Las formas de comportamiento hipócrita (otros le llaman social) son fundamentales y en especial para el Ministro de Justicia, que habita en el mundo de los convencionalismos y los paripés investidos de la autoridad que otorgan las togas.
Bermejo me ponía nerviosa con sus salidas de tiesto pero le reconozco su eficacia y su valentía a la hora de enfrentarse al muro del orgullo judicial que al contrario que el ex-ministro se disfraza de dignidad.
Bermejo cometió un error, creyó que reconocer que había metido la pata y reparar su falta como cualquier ciudadano sería suficiente, pero no lo era, porque él no era un ciudadano cualquiera, era EL MINISTRO DE JUSTICIA; así finalmente asumió su error y dimitió.
El PP ha sido el jefe de la cacería, pero entre las filas socialistas José Bono no ha sido precisamente prudente, él que tiene mucho que callar y que ha cometido errores garrafales que disgustaron a la mayoría se sus compañeros socialistas; por ejemplo a los gallegos nos ha “hecho un favor” con sus “valoraciones” de la campaña gallega (comentario a mitad del artículo) que pudo haberse ahorrado por innecesarias.
La cacería, que podría ser irrelevante en otras circunstancias, se transformó en la caza del ministro, y cuando el ojeador del PP vio la pieza señaló a la escopeta.
Pero las diligencias por corrupción prosiguen, el ministro ya no lo es y el corrupto sigue tratando de escabullirse con ayuda de sus amigos de partido. Sentirse orgulloso de haberse enriquecido a costa de los demás es pura arrogancia, pero respaldar ya sea con el silencio o con el aplauso las supuestas acciones delictivas de sus compañeros es orgullo de la vergüenza de la que carecen.
Esperaremos, cual Penélope, la dimisión de aquellos que tanto han ladrado y ahora, de momento, callan antes de empezar a aullar y alimentarse de la carroña.
Que se prepare Caamaño, la jauría popular está hambrienta.





Una sede del Partido Socialista en París

















